viernes, 16 de mayo de 2014

Atardecer con lecturas diferentes

El poema que hoy hacemos público no forma parte de nuestra afamada colección Patéticos debido a que su autora si bien no es parte del equipo de colaboradores, sí es una lectora asidua de este espacio. Y quizás sea nuestra única lectora. Se comprende que esta sea una de las razones para publicar su texto de forma independiente.
El poema, nos dice nuestra querida Eli, lo inspiró un muso poco buzo. Un muchacho con el zapato izquierdo roto que llegó con el atardecer a cierto parque que ella frecuenta. Se sentó y la miró. Luego sacó un libro viejo que ya se deshojaba y comenzó a leer en silencio. Poco después anotó algo en una libretita. Eli imaginó por un momento que paseaba tomada de la mano de aquel personaje por una playa tranquila, al anochecer. "Desde luego que pensé en merendármelo", dice. De esa fantasía nació el poema que a ella le "suena mejor como canción".
El Editor
16/Mayo/2014


*

Se rompió el reloj
y el tiempo
se hizo mañanita
de arena y sal,
vaivén de palmera
y en la boca un verso
que sabe 
a mar.

L. Eli. 
15/Mayo/2014

Atardecer con lecturas barrocas


*
Aquel reloj de oro cano
marcó una hora de pasión,
mas en la arena de los años
es rubia plata su canción.

Joaquín Rodríguez
15/Mayo/2014

Luego de pasear por las calles de la Colonia Roma, en la ciudad de México, Joaquín Rodríguez, viajero aficionado y ocasional colaborador en este blog, se detuvo a descasar bajo la tarde urbana y sobre la banca de un parque. A su lado estaba sentada una hermosa hembra —así la nombra él— que leía una novela contemporánea. Frente a los dos se encontraba la fuente circular en cuyo centro, indiferente al clima, está una estatua de David. El escenario fue el marco idóneo en el que nuestro amigo experimentó, con claridad, esa dificultad que aparece ante el deseo de acercarnos a la persona que ha llamado nuestra atención de manera particular, un momento de angustia erótica —usando un término de don Abel Martín—. Joaquín así lo pensó luego de imaginar que ella era la compañera perfecta para pasear a la orilla del mar, sobre la arena de una playa solitaria, los dos en espera de la luna y la noche, mirando las ascuas del crepúsculo extinguirse. Y como la tarde era en verdad bella, nuestro colega sacó de su bolsa un ejemplar de Sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo, para distraerse y evitar incomodar a su compañera de banca con alguna estrábica mirada venida de un ensueño inconfesable.
El texto, una reflexión acerca de lo clásico y lo barroco literario, contenía también un ejercicio de retórica a propósito del valor —de común acuerdo— del oro sobre el de la plata y cuyo desarrollo partía del siguiente verso:

Oro cano te doy, no plata rubia

Aquí lo barroco consiste en llamar “plata al oro y oro a la plata” mediante los adjetivos definidores cano y rubia. Los siguientes versos complejizan el artificio:

¡Oh, anhelada plata rubia,
tu humillas al oro cano!


A lo cual, el instructor de esta “gimnasia intelectual” expone lo siguiente: “La plata —dice el poeta—, tan deseada, cuando es rubia, humilla al oro mismo, cuando este es cano, porque la plata, cuando es oro, vale mucho más que el oro cuando es plata…” Posteriormente se nos da un ejemplo más, a la manera barroca:

Plata rubia, en leve lluvia,
es temporal del oro cano:
cuanto más la plata es rubia
menos lluvia hace verano.


Partiendo de tales versos, Joaquín Rodríguez escribió el poema con el que inicia esta publicación. Cuando terminó de escribirlo las farolas estaban encendidas y la soledad paseaba, silenciosa, junto a la fuente de piedra.
El Editor.
16/Mayo/2014

Ejercicio

Dice el editor: "podemos confiar en que un poeta que lee poesía será mejor que uno que no la lee". Eso dijo. Luego, nosotros, los...