Por fin
consigue incorporarse. Con la cabeza echada hacia atrás decide abrir los ojos
para inspeccionar el cielo. Al cabo de un instante, y sin prever un ligero
mareo, su mirada se precipita sobre el reloj de pulsera. Una mueca de algo más
que asombro acompaña sus deducciones. Las palabras se le agolpan en la boca pero
él se asegura de exclamar una idea coherente:
— ¿Por qué
chingados sale el sol a esta hora?
A pesar del silencio de la noche el
mundo sigue girando, no hay duda, él puede sentirlo. Se escucha el eco de un
ladrido. Por encima de las banquetas y los arbustos, el alumbrado público
parpadea.