sábado, 21 de diciembre de 2013

Versos burlescos para las cenas decembrinas

I
Mientras cagonizo,
escribo.
Con pausas escribo
palabras que caen
como quien suelta
piedras en el río.

Surge la letra
trémula y sentida
por lo injusta que es la vida:
por un bocado de placer, largos,
largos minutos de agonía.

II
Mi pena hoy,
canto será mañana
al vivir sencillo, a la mesura
en la mesa y en la holganza,
que el buen juez empieza por su taza.

III
Mas no habrán pasado
los días todos de una sola semana -lo sé-
y reaparecerá el pecado,
muy al ajo sazonado,
tras su guarnición crocante
de verduras, fruta, picante,
cebada y vino, y pan, y queso,
con postres en exceso;
¡Ah! Comer, comer sin seso:
total, la vida es una
y va de la carne al hueso.

Yo mero
15/12/13

sábado, 5 de octubre de 2013

Imagen de ella, con bolero de fondo.



Un señor muy delgado entró en el café, revisó la afinación de su guitarra y miró al techo ¿recordando el orden de su repertorio? Comenzó a cantar. Las canciones interpretadas no son del gusto popular —nadie canta—, resultan extrañas, ¿alguna será suya? Puede ser. Yo tomo nota. No hay duda de que es un repertorio consciente, estudiado con algo de cuidado. Sin embargo, finalizará con alguno que otro bolero famoso porque necesita el dinero.
            Una señora gorda roba la atención que tenía puesta en la música porque obstruye el camino de mi vista hacia el lugar en que te encuentras. Hoy, como siempre, vistes de colores oscuros —a veces usas tonos pardos—; esta vez elegiste un rojo. El cabello limpio, arreglado sin demasiado cuidado…
            En cualquier momento, sin interrumpir tu lectura, hurgarás en tu nariz y de tus dedos sacudirás los vestigios de todo lo respirado con las horas. Vivir es respirar. Como siempre, traes un libro voluminoso y tu cuaderno de notas. Sé que aún no te has dado cuenta de que fumas cuando el texto se hace oscuro, amargo o aburrido. Fumarás dos o tres cigarrillos más antes de irte. Debido al azar, a nuestros horarios y a que no nos conocemos, el momento de tu partida es la única ocasión en que puedo constatar que tus caderas siguen tan anchas; tus piernas, largas; que tus pechos reaccionan con el clima —yo prefiero los días más frescos—. Pasarás cerca, ¿con aire de desprecio? Dirigirás tus pasos hacia la barra, ceñuda, determinada a pagar y largarte.
               Podría decirte, cualquier día de estos, que está más buena que tú la mujer que trabaja a la vuelta de la esquina, la portera del colegio para niños, que su gesto es más amable y que su labor es más noble, pero somos colegas y me quedo callado porque sé que tú no me dirás que lo que lees es, con seguridad, mejor que esto que escribo.
           
                Coda:  
Pasaste a mi lado 
con gran indiferencia
tus ojos ni siquiera
voltearon hacia mí...
Yo mero
5/10/2013

viernes, 4 de octubre de 2013

Sometimes I practice English...


Sometimes I practice English...


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*Sospecho que en algo me equivoqué ¿no es así? Mejor lean de primera mano el texto de Arreola. ¡Felices compras!

Yo mero
05/10/2013

sábado, 25 de mayo de 2013

Andén


¿Cómo esperamos la llegada de un tren? Quizás la respuesta esté determinada por lo que haremos o dejaremos de hacer cuando éste llegue.
    También hay que considerar que quiénes sólo hemos viajado en vagones oníricos tenemos expectativas diferentes a las de aquellas personas que sí han recorrido camino en  tales máquinas.
    ¿Y en qué lugar estamos mientras esperamos el tren? Es importantísimo. Imaginemos, por ejemplo, que esperamos verlo desde la ventana de un cafecito ubicado cerca de la catedral. Digamos que corre el año de 1983. Frente al café está la estación y junto a ésta, las vías. Más allá el horizonte es un bosque en paralelo con el cielo y después la vista no alcanza a más. 
    La tarde está cayendo y en la sombría sala de espera de la estación no hay un alma. Por una callecita aparece una joven mujer. Aferra su bolso con ambas manos y su paso se antoja firme. Mira hacia atrás antes de empujar la puerta de la estación y entrar. Poco después aparece otra mujer, una “señora de mediana edad con un vestido de punto de color rosa”, acompañada por un hombre de pelo cano, con aire distinguido, vestido con un traje elegante y sin zapatos. En la sala de espera estos tres personajes se encontrarán. ¿Qué sucederá con ellos ahora? No lo sabemos. Quizás, cuando el tren llegue por fin, los pasajeros que en él vienen verán a estos personajes en el andén y pensarán que llegan juntos. Aquéllos tal vez reparen en el aspecto de los tres y en que a estas horas es raro ver gente en la estación… “Pero los viajeros habían visto en su vida cosas más extrañas. El mundo está lleno de historias de todo tipo, como ellos bien sabían. Aquello tal vez no fuese tan malo como parecía”. En realidad nunca sabremos con exactitud que pasa allá adentro entre esos tres, quizás ellos mismos tampoco lo sepan del todo.
    Podría ser que ahora veamos llegar a un sujeto de aspecto calmo, quizás sea un borracho, o un poeta, tampoco lo sabemos. Este hombre acerca un cajón de madera a uno de los muros de la estación, se sube en él y fisgonea por aquella ventanita. ¿Qué es lo que alcanza a ver? Sería bueno averiguarlo. Tal vez la joven siga aferrada a su bolso, callada, pensativa. La señora podría estar hablando sin parar, y su voz tenga un acento como el de Sofía Loren. El hombre del traje, al parecer impasible, escuchará a su acompañante mientras coloca su cigarrillo en una de esas boquillas antiguas.
    Hay tensión porque sólo podemos suponer cuáles fueron las causas que llevaron a aquella gente a sus circunstancias actuales. Es por eso, quizás, que el poeta no se despega de la ventana, también le intriga lo que sucede. Y lo que mantiene constante toda esta tensión es una situación nada compleja: el tren aún no llega. Cuando el tren al fin llegue, la tensión se moverá a otro punto, a otro lado de la historia y quizás a otra historia.


    Un buen ejemplo de cómo se espera a un tren podemos encontrarlo en el cuento titulado así, “El tren”, del escritor estadounidense Raymond Carver (1938-1988). Dicho relato está dedicado al también escritor John Cheever (1912-1982) fallecido el año anterior a la publicación de la antología de Carver titulada Catedral (1983) en la que se incluye el texto.



Yo mero.
25-05-13

jueves, 4 de abril de 2013

"Al borde del sendero un día..."

XXXV
Al borde del sendero un día nos sentamos.
Ya nuestra vida es tiempo, y nuestra sola cuita
son las desesperantes posturas que tomamos
para aguardar... Mas Ella no faltará a la cita.

Antonio Machado,
"Del camino: xxxv",
en Soledades, 1899-1907.

Ejercicio

Dice el editor: "podemos confiar en que un poeta que lee poesía será mejor que uno que no la lee". Eso dijo. Luego, nosotros, los...