¿Cómo esperamos la llegada de un tren? Quizás la
respuesta esté determinada por lo que haremos o dejaremos de hacer cuando éste
llegue.
También hay que considerar que quiénes sólo hemos viajado en vagones oníricos tenemos expectativas diferentes a las de aquellas personas que sí han recorrido camino en tales máquinas.
También hay que considerar que quiénes sólo hemos viajado en vagones oníricos tenemos expectativas diferentes a las de aquellas personas que sí han recorrido camino en tales máquinas.
¿Y en qué lugar estamos mientras esperamos el tren? Es
importantísimo. Imaginemos, por ejemplo, que esperamos verlo desde la ventana
de un cafecito ubicado cerca de la catedral. Digamos que corre el año de
1983. Frente al café está la estación y junto a ésta, las vías. Más allá el
horizonte es un bosque en paralelo con el cielo y después la vista no alcanza a más.
La tarde está cayendo y en la sombría sala de espera de la estación no hay un alma. Por una callecita aparece una joven mujer. Aferra su bolso con ambas manos y su paso se antoja firme. Mira hacia atrás antes de empujar la puerta de la estación y entrar. Poco después aparece otra mujer, una “señora de mediana edad con un vestido de punto de color rosa”, acompañada por un hombre de pelo cano, con aire distinguido, vestido con un traje elegante y sin zapatos. En la sala de espera estos tres personajes se encontrarán. ¿Qué sucederá con ellos ahora? No lo sabemos. Quizás, cuando el tren llegue por fin, los pasajeros que en él vienen verán a estos personajes en el andén y pensarán que llegan juntos. Aquéllos tal vez reparen en el aspecto de los tres y en que a estas horas es raro ver gente en la estación… “Pero los viajeros habían visto en su vida cosas más extrañas. El mundo está lleno de historias de todo tipo, como ellos bien sabían. Aquello tal vez no fuese tan malo como parecía”. En realidad nunca sabremos con exactitud que pasa allá adentro entre esos tres, quizás ellos mismos tampoco lo sepan del todo.
La tarde está cayendo y en la sombría sala de espera de la estación no hay un alma. Por una callecita aparece una joven mujer. Aferra su bolso con ambas manos y su paso se antoja firme. Mira hacia atrás antes de empujar la puerta de la estación y entrar. Poco después aparece otra mujer, una “señora de mediana edad con un vestido de punto de color rosa”, acompañada por un hombre de pelo cano, con aire distinguido, vestido con un traje elegante y sin zapatos. En la sala de espera estos tres personajes se encontrarán. ¿Qué sucederá con ellos ahora? No lo sabemos. Quizás, cuando el tren llegue por fin, los pasajeros que en él vienen verán a estos personajes en el andén y pensarán que llegan juntos. Aquéllos tal vez reparen en el aspecto de los tres y en que a estas horas es raro ver gente en la estación… “Pero los viajeros habían visto en su vida cosas más extrañas. El mundo está lleno de historias de todo tipo, como ellos bien sabían. Aquello tal vez no fuese tan malo como parecía”. En realidad nunca sabremos con exactitud que pasa allá adentro entre esos tres, quizás ellos mismos tampoco lo sepan del todo.
Podría ser que ahora veamos llegar a un sujeto de aspecto
calmo, quizás sea un borracho, o un poeta, tampoco lo sabemos. Este hombre
acerca un cajón de madera a uno de los muros de la estación, se sube en él y
fisgonea por aquella ventanita. ¿Qué es lo que alcanza a ver? Sería bueno
averiguarlo. Tal vez la joven siga aferrada a su bolso, callada, pensativa. La
señora podría estar hablando sin parar, y su voz tenga un acento como el de
Sofía Loren. El hombre del traje, al parecer impasible, escuchará a su acompañante mientras
coloca su cigarrillo en una de esas boquillas antiguas.
Hay tensión porque sólo podemos suponer cuáles fueron
las causas que llevaron a aquella gente a sus circunstancias actuales. Es por eso,
quizás, que el poeta no se despega de la ventana, también le intriga lo que
sucede. Y lo que mantiene constante toda esta tensión es una situación nada
compleja: el tren aún no llega. Cuando el tren al fin llegue, la tensión se moverá a otro punto, a otro lado de la historia y quizás a otra historia.
Un buen ejemplo de cómo se espera a un tren podemos
encontrarlo en el cuento titulado así, “El tren”, del escritor estadounidense
Raymond Carver (1938-1988). Dicho relato está dedicado al también escritor John
Cheever (1912-1982) fallecido el año anterior a la publicación de la antología de
Carver titulada Catedral (1983) en la
que se incluye el texto.
Yo mero.
25-05-13
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