Un
señor muy delgado entró en el café, revisó la afinación de su guitarra y miró
al techo ¿recordando el orden de su repertorio? Comenzó a cantar. Las canciones
interpretadas no son del gusto popular —nadie canta—, resultan extrañas,
¿alguna será suya? Puede ser. Yo tomo nota. No hay duda de que es un repertorio consciente,
estudiado con algo de cuidado. Sin embargo, finalizará con alguno que otro bolero famoso porque necesita el dinero.
Una señora gorda roba la atención que tenía puesta en la música porque obstruye el camino de mi vista hacia el lugar
en que te encuentras. Hoy, como siempre, vistes de colores oscuros —a veces usas tonos
pardos—; esta vez elegiste un rojo. El cabello limpio, arreglado sin demasiado
cuidado…
En cualquier momento, sin
interrumpir tu lectura, hurgarás en tu nariz y de tus dedos sacudirás los
vestigios de todo lo respirado con las horas. Vivir es respirar. Como siempre, traes un libro voluminoso y tu cuaderno de notas. Sé que aún no te has dado cuenta de que fumas cuando el
texto se hace oscuro, amargo o aburrido. Fumarás dos o tres cigarrillos más
antes de irte. Debido al azar, a nuestros horarios y a que no nos conocemos, el momento de tu
partida es la única ocasión en que puedo constatar que tus caderas siguen tan
anchas; tus piernas, largas; que tus pechos reaccionan con el clima —yo prefiero
los días más frescos—. Pasarás cerca, ¿con aire de desprecio? Dirigirás tus pasos hacia
la barra, ceñuda, determinada a pagar y largarte.
Podría decirte, cualquier día
de estos, que está más buena que tú la mujer que trabaja a la vuelta de la esquina, la portera
del colegio para niños, que su gesto es más amable y que su labor es más noble,
pero somos colegas y me quedo callado porque sé que tú no me dirás que lo que
lees es, con seguridad, mejor que esto que escribo.
Coda:
Pasaste a mi lado
con gran indiferencia
tus ojos ni siquiera
voltearon hacia mí...
Yo mero
5/10/2013
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