martes, 25 de marzo de 2014

Dudosa naturaleza urbana


Quizás nos haga falta un poco de salud. Quizás sólo sea eso. Ah, pero es que no basta con saberlo, ni con decirlo, porque el bienestar no se da en maceta, no, la salud es de quien la puede pagar. Hoy te noto un tanto amarilla, ¿te sientes bien? Yo estoy hecho un hilacho. Y así de mal como me ves, me siento. Y todos los días es lo mismo, aunque, tú lo sabes, hay días peores. Esta forma de vivir que nos tocó es una pena. Encima, cada año que se va nos deja más viejos; mírate, a mí me parece que te marchitas, y yo siento que me seco: me parece mi piel como de lagartija.
            Cuando venía para acá me di cuenta de que ya entró la primavera a la ciudad. Con estos calores ¿qué otra época del año podía ser? Hasta ahorita, que es de noche, se siente la calor. Imagínate: me metí en una estación del metro, porque hoy quería llegar en metro, y cuando abrieron las puertas de los vagones salió un vientecillo caliente, caliente, y cómo no si la gente que iba ahí metida se veía apretujada y suda que suda. No me dejaron subir de tan lleno y acalorado que iba el metro. ¡Mejor así! Es más saludable caminar, lo escuché en la tele. Aunque, a estas horas, todo tiene su riesgo. Por suerte uno aprende con los años a distinguir de entre las personas a las que tienen miradas maliciosas. Hoy, por ejemplo, aquí cerca, por donde la tiendita pintada de rojo, ¿sí sabes de cuál te hablo, no? Bueno, por aquí a unas cuadras, me topé con una vieja. Desde lejos ya me había echado el ojo, pero se hacía la tonta. Cuando pasé cerquita de ella, que se empareja y que camina al mismo paso que yo. Nomás sentía su canija mirada y la escuchaba decir puras sonseras. Quería llamar mi atención para que  volteara a verla. Pero ese truco ya me lo sé, luego iba a pedirme que la acompañara a no sé dónde, que andaba sola, me agarraría del brazo antes de poder decirle que no y empezaría a hablar de que le duele esto y aquello, la pierna, las corvas, los ojos, que si la boca le sabe a centavo, achaques y más achaques. Pero no la miré, sólo la escuchaba. Y cuando dejó de seguirme, se quedó hablando sola como una loca. Qué te digo, el mundo es salvaje. Estoy exhausto. ¿Te acuestas aquí, a  mi lado?
            ¿Oíste? ¿De dónde vendrán esos gritos? Mira: prendieron la luz aquí al lado. A ese lo encontraron en un baldío, comandante. ¿Y ese escándalo de patrullas? ¡Carajo! ¿Así quién puede vivir en paz? Pues usted dirá si le sirve como carne de cañón, acá dice que la rehabilitación es imposible, tiene el cerebro lleno de lodo. Te prometo que cuando amanezca nos largamos de aquí. Iremos al campo o a otra ciudad menos fea. No importa que no tengamos dinero, ¡caminaremos! Sí, está medio magullado, pero no es culpa nuestra. ¿Cómo que me calle? Yo vivo aquí, señores. Y a ella me la dejan tranquila ¿no ve que está delicada? ¡Abusivos! Ya sé, comandante, pero si mis muchachos aplicaron la fuerza fue como correctivo: teníamos que quitarle esa planta de plástico para que lo revisaran en la enfermería. ¡Llévense a su abuela, cabrones! O a la pinche vieja esa de la boca amarga, ella es ratera como ustedes. ¡Nosotros sólo queremos un poco de salud! Sí, señor, lo de los pétalos es sangre, de él, claro está, ya le digo que la flor es de plástico.

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