miércoles, 2 de julio de 2014

Galletas


I
Tiene los ojos rasgados. Se parecen a los ojos de los orientales. Además, es un hombre muy delgado. Un amigo algo me decía acerca de antiguas y peculiares migraciones de gente del Japón que encontraron su destino final en México. Yo no sé si aquel señor, que no parece vagabundo, provenga de algún lejano país. Tampoco podría decir éste es un loco, aunque sí lo pensé. Hoy, sin embargo, no platica con los arbustos sino con un vendedor de galletas, y hasta parece decirle algo interesante... 
  Hay que comentar, también, que en el grupo de rehabilitación proponen sustituir hábitos perjudiciales —como drogarse— por rutinas que parecen mejor orientadas al bienestar, actividades como hornear o vender galletas. 
    En este instante, el señor delgadísimo ha concluido su discurso. El vendedor asiente, sonríe, reflexiona un momento, se despide y se marcha. Los ojos del oriental permanecen imperturbables, se posan sobre un punto indefinible del espacio, todo se detiene un segundo y, luego, aquel ser procede a interrogar a una jacaranda.
II
Un vendedor de galletas entra en un café de la colonia La moderna. Con palabras corteses solicita permiso para ofrecer su producto. Se aproxima a la primera mesa, la más llena:
—Buenos días, familia…
Su expresión es apacible. Su seguridad, resultado de una reflexión ética y moral: no está mal vender galletas y están bien hechas. Y, en efecto, eso parece ser verdad.
Un densísimo silencio inundó el café. Había muecas de asombro ocultas en las migajas, los vasos, la carta y alguna que otra mano. Por lo que ha dicho este hombre se arquean las cejas de las señoritas, los caballeros bajan la mirada o aprietan el puño, hormiguean los brazos de los ancianos y los meseros se olvidan de la orden siguiente. Se percibe el poderoso efecto de un novedoso discurso de venta. Todas esas palabras sabias o locas con las que ofrece el dulce producto que fabrican sus compañeros de grupo, han surtido efecto.
Si conjeturásemos de cierta manera, atando los cabos necesarios, el posible origen da tal discurso aparecería, pero no importa. Lo cierto es que el vendedor puso a prueba el método durante un puñado de días y, hablando para sí, concluye: —De esta manera vendo todas o ni una sola. Porque no hay medias tintas cuando se hace evidente lo que todos sabíamos acerca de las galletas y de la vida.
III
Se dice que cuando un niño gordo sumerge una galleta de chocolate con chispas de chocolate en un vaso colmado de leche fría, si hunde el postrecillo redondo hasta mojarse los deditos rechonchos, al mismo tiempo, en un pequeño parque, donde la tierra es oscura y crujiente, a mitad de un eje vial, una hoja se desprende de la copa de un árbol y desciende parsimoniosa, mística, hasta caer sobre la frente de un señor muy, muy delgado. Cuando él despega los párpados las palomas y los pichones levantan el vuelo y entonces se escucha un desmadre de alas.

El cuento que hoy compartimos es de Josefino, el mozo que prepara el café para este humilde consejo editorial. La publicación es responsabilidad del equipo de correctores. El Editor se opuso a que este texto viera la luz, pero nos gusta rebelarnos contra su tiranía intelectualoíde. 
El H.H. Consejo Editorial
13/Junio/2014

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